El Duende y el Hada

Érase una vez un duende del bosque. Todos los días, al despertar, abría la ventana de su pequeño cuarto, miraba al cielo y decía…

— Ya es un nuevo día.

Después de arreglar su estancia y desayunar, salía a dar un paseo por el bosque en busca de frutos para comer. Llenaba sus alforjas, volvía a su pequeña casa y se encerraba en ella el resto del día hasta que anochecía. Entonces, antes de cerrar la ventana, miraba al cielo y decía…

— Ya es una nueva noche. — Y se iba a dormir.

Así pasaban los años. Todos los días eran iguales. Todas las noches eran iguales. Su vida era sencilla. No necesitaba nada más… El duende era así feliz.

Una mañana, al despertar, abrió la ventana de su pequeño cuarto, miró y dijo…

— Ya es un nuevo día.

Arregló su estancia y desayunó. Salió a dar un paseo por el bosque para buscar frutos para comer. Llenó sus alforjas y regresó a su pequeña casa. Al llegar, se dio cuenta de que la puerta estaba abierta y se asustó. Entró sigilosamente y descubrió la figura de otro ser en su cama. Se acercó muy despacio y justo cuando se iba a abalanzar sobre el intruso, éste se despertó y de un salto se cayó de la cama.

— ¿Quién eres tú? — gritó el Duende.

— Soy un Hada del bosque — contestó temblorosa — me he perdido, estaba cansada y me he quedado dormida.

El Duende, temblando, pues nunca había hablado con otro ser, volvió a preguntar…

— ¿Qué haces en mi casa?

— No lo sé — le contestó el Hada — Esta mañana, al despertar, abrí mi ventana y vi que era un nuevo día. Salí a a buscar frutos para alimentarme, llené mis alforjas y volví a mi casa pero no sé cómo he llegado hasta aquí. No conseguí encontrar mi casa. Volé y volé pero no la encontré.

— Y ¿por qué has entrado aquí?

— Estaba cansada, llamé a la puerta pero nadie me contestó. La puerta se abrió, entré y sin darme cuenta me quedé dormida.

La noche llegó y el Duende dijo…

— El bosque es peligroso por la noche, a mi me da mucho miedo. Mañana será un nuevo día e iremos a buscar tu casa, ¿vale? —El Hada asintió y tras comer los frutos que los dos habían recogido… se quedaron dormidos.

A la mañana siguiente, al despertar, el duende abrió la ventana y dijo…

— Ya es un nuevo día.

El Hada abrió los ojos, se acercó a la ventana y dijo…

— Sí, ya es un nuevo día.

Salieron los dos juntos a recoger frutos del bosque y cuando llenaron sus alforjas, decidieron buscar la casa del Hada pero no la encontraron y volvieron a la casa del Duende antes de que anocheciera, pues el bosque de noche era muy peligroso.

— Ya es una nueva noche — dijo el Duende.

— Sí, ya es una nueva noche — dijo el Hada.

Pasaron los días, las semanas, los meses, los años… Cada mañana al despertar, arreglaban el pequeño cuarto, desayunaban, abrían la ventana y decían…

— Ya es un nuevo día.

Entonces salían a por frutos y una vez que llenaban sus alforjas, volvían a la casa antes de anochecer. Porque la noche en el bosque era muy peligrosa.

Una mañana, al despertar, el Duende se dio cuenta de que el Hada no estaba. Abrió la ventana y dijo…

— Ya es un nuevo día.

Sin saber por qué, se empezó a sentir muy triste al darse cuenta de que estaba solo. Hasta la llegada del Hada, siempre había vivido solo pero hasta esa mañana nunca había sentido esa soledad. Arregló la estancia, desayunó y salió a buscar frutos para comer y una vez llenas las alforjas, volvió a la casa con la esperanza de que el Hada estuviera allí.

Entró muy rápido y se puso a buscar diciendo…

— Hada… ¿estás aquí? — pero nadie le respondió.

Llegó la noche y al cerrar la ventana, miró al cielo y dijo…

— Ya es una nueva noche — pero no pudo dormir.

La noche se hizo muy larga. No entendía por qué el Hada se había marchado y menos aún por qué no se había despedido de él.

Pasaron los años. Todos los días eran iguales y todas las noches eran igual de largas sin dormir. Simplemente esperando una explicación de por qué el Hada se había ido, asomado a la ventana.

Siguieron pasando los días, las semanas, los meses, lo años y una mañana, al amanecer, la ventana ya no se abrió más, ya no se arregló la estancia, ya no salió a buscar frutos por el bosque. Había pasado tantas noches sin dormir, esperando a que el Hada volviera, que se quedó sin fuerzas.

Dicen que cuando un Duende muere, las flores lloran y que su llanto es tan fuerte que el estruendo es capaz de cruzar el bosque en todas direcciones. Así fue como el Hada se enteró de que su Duende no se despertaría más y quiso verle por última vez antes de que las Ninfas se lo llevaran.

Al llegar a la casa, el cuerpo del duende ya no estaba. La ventana del cuarto estaba abierta y sobre la mesa estaban las alforjas llenas de frutos con una carta que decía…

— Por si vuelves… cierra la ventana, la noche en el bosque es peligrosa. Descansa. Te esperé siempre. Ojalá hayas sido feliz.

Moraleja:

“Cuando no tienes nada… nada echas de menos, pero si algún día consigues tener algo y lo pierdes… lo echarás de menos toda tu vida”.

Algunos dirán que es mejor estar solos que mal acompañado. Otros posiblemente que la compañía es necesaria para ser feliz. Que cada uno saque su propia conclusión… de todas maneras, la vida no deja de ser un cúmulo de decepciones. Pozos de los que si consigues salir… dicen que cada vez te hacen más fuerte.

Yo no sé si eso es verdad o no lo es, pero lo que sí sé es que hay decepciones que te pueden matar en vida y que después… nada es igual. Dejas de creer en las personas porque hay heridas que por mucho tiempo que pase… nunca sanarán.


“el Duende y el Hada” es un texto original de 1331ocho registrado en SafeCreative con el número 191227275532e y pertenece al Volumen 3 de Pensamientos… que nunca debieron salir de mi cabeza.


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