Alas de Hormiga



Siempre te esperaré…

Érase una vez dos hormiguitas. Ella, una preciosa hormiga destinada a ser reina y él, una hormiga obrera sin más futuro que trabajar y trabajar.

A pesar de la diferencia de clase social, su amistad fue creciendo por encima de lo que era recomendable dentro de la jerarquía del hormiguero.

Con el paso de los años, esa amistad, para desgracia de muchos, se convirtió en amor. Fueron castigados y separados pero ellos se saltaban los castigos y conseguían estar juntos de vez en cuando, aunque sólo fuera durante unos minutos.

A ella, que tenía que recibir una educación digna de su posición, le asignaron un profesor llamado “Orgullo” que poco a poco se fue encargando de ir separándolos.

Un día, a la princesa hormiga le empezaron a salir alas y sintió la necesidad de volar en busca de su propio hormiguero, dejando a la hormiga obrera sumida en una gran tristeza y sin más explicación que una pocas palabras:

— Tengo que mirar por mi futuro. Lo entiendes, ¿no? —le dijo.

La hormiga obrera, asumiendo su precaria posición le preguntó:

— ¿Volverás algún día?

— No creo, tengo mis obligaciones —le contestó.

La hormiga obrera volvió a preguntar:

— Pero si dejas alguna vez de tenerlas… ¿volverás?, porque ¡yo siempre te esperaré!

— No creo que lo hagas. —le respondió— Conocerás a otra hormiga y te olvidarás de mí.

— Lo haré, ¡siempre te esperaré!, sólo tienes que encender la luz más alta de tu hormiguero y yo iré a buscarte si hace falta, ¿vale?

La hormiguita obrera, como despedida, le dio una botella de cristal con muchas hojas enrolladas dentro diciendo:

— Aquí van mis sueños, ¡llévatelos!

Toda esta conversación la escuchó Orgullo y se juró a sí mismo que nunca permitiría que la futura reina hiciera lo que la obrera le había pedido.

Fueron pasando los años, la princesa se convirtió en reina y vivió agasajada por un ejército de hormigas que siempre estaban pendientes de ella para darle todos sus caprichos pero, algo en su interior no la dejaba ser feliz. El recuerdo de su amor secreto la atormentaba día y noche pero cada vez que intentaba ponerse en contacto con la hormiguita obrera o saber algo de ella, Orgullo se lo impedía.

Los años no pasan en balde, la reina envejeció y llegó un día en el que dejó de tener sus reales obligaciones, pero Orgullo seguía ahí. Era un implacable guardián que la vigilaba día y noche mientras que la hormiga obrera seguía esperando y saliendo cada noche para ver si su amada volvía o si la luz se encendía a lo lejos.

Dejó su trono a una nueva reina. Ya no era tan hermosa, ya no tenía tantos aduladores, ya no tenía un ejército de hormigas pendientes de sus deseos. Ahora volvía a ser lo que fue…, una hormiga normal.

Un día, mientras descansaba, se acordó de la botella de cristal que le había dado su viejo amor prohibido, la hormiga obrera. La buscó muy nerviosa, tanto que cuando la encontró se le resbaló de sus pequeñas manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos, esparciendo todos los sueños por el suelo.

De rodillas, los fue recogiendo uno a uno mientras los iba leyendo. Ella era la protagonista de todos y cada uno de los sueños y habían estado guardados durante años sin saberlo.

Fue entonces cuando decidió que quería volver a verle, siempre y cuando “Orgullo” no se enterara, pues de ser así, sabía que no la dejaría hacerlo a pesar de su avanzada edad.

Esperó a la noche y cuando Orgullo se durmió, agitando sus viejas alas, salió por la ventana rumbo al norte.

Sus alas ya no eran lo que fueron antaño, ya no tenían la fuerza de cuando se fue, pero consiguió llegar antes de que Orgullo despertara, cosa que cuando ocurrió y se dio cuenta de que la hormiga no estaba, montó en cólera y salió de viaje también pues, sabía perfectamente a donde ir.

Cuando llegó, la anciana hormiga preguntó y preguntó a todos por la hormiga obrera pero nadie sabía nada de él, ya no estaba allí y fue en ese preciso momento cuando Orgullo llegó muy enfadado y mirándola fijamente a los ojos le dijo:

—¿Ves?, ¡siempre te he dicho que él ya no estaría cuando volvieras!

— Lo sé, —respondió ella— pero es que he tardado mucho en volver. Es normal que ya no esté. Estará con los suyos.

— No habría estado de todas formas, ¡siempre te lo he dicho y lo sabes! —gritaba Orgullo.

Entonces fue cuando una arañita se acercó con sus ocho patitas y haciendo una reverencia preguntó a la hormiga si era la anterior reina del sur.

— Sí, soy yo, ¿cómo me has reconocido?

— Porque una hormiguita obrera me dijo que algún día volvería la hormiga más hermosa del mundo y que si él ya no estaba, le tenía que dar esta hojita.

—¿Sabes dónde está?, ¿qué fue de él?, ¿es feliz? —preguntaba la hormiga con la voz acelerada.

— No, él ya no está. Se fue al cielo a seguir esperando. Nunca volvió a sonreír. Todos se reían de él porque todas las noches salía del hormiguero y se quedaba mirando al firmamento diciendo que usted volvería y que él debía estar ahí para recibirla por si llegaba cansada. Tome, esto es para usted.

Con las manos temblorosas y los ojos llorosos fue desenrollando la pequeña hoja y empezó a leer.

—¡Sabía que volverías!, si estás leyendo estas letras es que no hubo tiempo. Mira al cielo…

La hormiga, levantando la cabeza, miró al firmamento. Era una noche con un cielo negro lleno de estrellas. Volvió a agachar la cabeza y siguió leyendo…

—¿Me ves?

La hormiga miraba y miraba el estrellado cielo sin saber qué hacer ni en qué punto fijar su mirada y entonces fue cuando una estrella resplandeció de entre todas como si de un nuevo sol se tratara.

—¡Síííí, te veo! —dijo la hormiga mientras bajaba sus ojos para leer la última frase de la pequeña hoja.

La última frase de la hormiga obrera solo decía:

— Te sigo esperando…

Moraleja:

“Que tu orgullo no te impida hacer lo que tu corazón desea”

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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