Está…, ya no está

Algunas veces suceden cosas difíciles de explicar, la sensación de que la cabeza se te ha ido durante un momento es algo complicado de asimilar.

Como cada día, al volver del trabajo hago el mismo trayecto en la Línea 2 del Metro de Madrid. Todo aquel que conozca el Metro estará de acuerdo conmigo en que como mínimo es un lugar curioso, la gente sube y baja de los vagones en un sin cesar de idas y venidas, paradas, trasbordos, apretujones y si tienes suerte, un asiento libre… Yo, por lo general nunca me siento y si lo hago, al final termino levantándome para ceder el asiento a alguna persona mayor, embarazadas, gente con muletas, etc…

De momento, era un día raro, por lo general a la hora que cojo el Metro para volver a casa, suele ir bastante gente pero…, ese día no. En el vagón debíamos ir unas veinte personas como mucho, todos sentados a excepción de las tres personas que íbamos al final. A pesar de que había asientos libres, íbamos de pie.

Una de las personas era una señora de mediana edad, la otra era una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida, la piel blanca como la leche, melena larguísima rubia, unos ojos más azules que el mar y una “medio sonrisa” que era todo un misterio. En el brazo izquierdo llevaba un precioso tatuaje de una sirena que iba desde la muñeca, enrollado a lo largo de todo el brazo hasta la parte superior del hombro. Llamaba mucho la atención por el tono tan claro de su piel. Para ser sincero, era complicado retirar la mirada por la belleza que atesoraba aquella mujer. Sin embargo, a excepción de la señora y yo…, nadie la miraba.

Fueron pasando las estaciones, se bajaba gente, otros subían pero las mismas tres personas permanecíamos de pie y entonces pasó algo…

Aquella visión desapareció de repente, yo estaba apoyado al lado de la puerta y ni siquiera la vi salir. Me entró un escalofrío que me heló la sangre. Durante un rato tuve la sensación de que se me había ido la cabeza, como si todo hubiera sido un sueño, mi imaginación, una visión o algo parecido. Ni siquiera sé cómo explicar lo que sentí en ese momento, la cuestión es que aquella mujer desapareció.

Giré la cabeza hacia la señora que seguía a mi lado casi siete u ocho estaciones después y me fijé que tenía la mirada perdida hacia donde aquella mujer había estado durante todo el trayecto, pero no decía nada. De vez en cuando era ella la que me miraba con los ojos temblorosos como queriendo hablar conmigo pero seguía muda. El resto de los pasajeros seguían a lo suyo como si nada.

Por fin llegó la estación de Ópera, en la que yo me bajo para hacer trasbordo hacia el Ramal Ópera-Príncipe Pío. Se abrieron las puertas y salí mientras nos miramos uno a otro la señora y yo. En un principio ella se quedó dentro pero a última hora, justo antes de que las puertas se cerraran y el tren prosiguiera su recorrido, salió apresurada. Me llamó con la voz entrecortada y me dijo:

— “Dime que la has visto…, por favor…”

— “Dime que no estoy loca”.

Yo, simplemente…, temblando contesté:

— “Sí, la he visto” — y me fui.

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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