Fábula del Búho y la Luna



Fábula del Búho y la Luna

Érase una vez un búho que cada noche se posaba en su rama y se quedaba admirando la belleza de la luna.

Noche tras noche salía y al amanecer se volvía a su nido muy enfadado porque el sol le impedía ver a su amada el resto del día.

— Ya está el sol molestando otra vez con sus rayos, ¡le odio!

A parte de sol, también le echaba la culpa a la tierra porque salvo unos pocos días, siempre se ponía en medio y había noches que ni se la dejaba ver.

— Ya está la tierra molestando otra vez, siempre en medio, ¡la odio!

Cada veintiocho días conseguía verla en su máximo esplendor, reflejando su luz, como si de un camino se tratara sobre las aguas de lago. Era todo un espectáculo para la vista y cada vez que la veía se enamoraba más y más de ella.

Esa visión duraba poco, luego, a lo largo de los siguientes días, la luna iba decreciendo por culpa de la tierra que se iba poniendo en medio hasta que llegaban “esos días” que la ocultaba por completo.

El búho pensaba que la luna, al darse cuenta de que la tierra la tapaba, se seguía desplazando, hasta que otra vez volvía a su máxima expresión y belleza para él.

Una noche, harto del sol y de la tierra, formuló un deseo:

— Quiero que el sol se apague y que la tierra se pare para poder estar siempre con mi amada luna”

Surgió una voz que le dijo:

— Eso es imposible, si eso pasara…, todo llegaría a su fin.

— No me importa, además… ¿quién eres tú para darme lecciones? —le increpó muy enfadado.

— ¿De verdad quieres eso? —preguntó la voz.

— ¡Pues claro! —exclamó— a mí me dan lo mismo el sol y la tierra. Yo vivo de noche y la tierra no la piso. Vivo en mi árbol y además sé volar.

— De acuerdo, te concederé tu deseo —dijo la voz sentenciando.

El búho empezó a dar saltos de alegría, por fin se había deshecho del maldito sol y de la impertinente tierra.

El sol se apagó, la tierra empezó a helarse y la luna no volvió a salir nunca más.

Pasó el tiempo y el búho, helado de frío, a punto de morir de hambre y sin fuerzas para mover sus alas llamó a la voz con un grito desgarrador:

— ¿Qué quieres ahora búho? —le preguntó la voz—

— ¡Me engañaste!, —dijo el búho muy enfadado— ¡te odio!, ¡mi amada se ha ido también!

La voz volvió a surgir de las heladas entrañas de la tierra y le dijo:

— No, te engañas tú. La luna sigue ahí, pero ella no tiene luz propia. Sólo veías su belleza sin darte cuenta de que esa luz no venía de ella, sino que reflejaba la del sol y esa impertinente tierra que siempre se ponía en medio era la que te daba de comer gracias a que los molestos rayos de la estrella alimentaban las raíces de tu árbol.

Y así fue cómo por despreciar todo aquello que según él le molestaba, perdió lo que más quería y finalmente murió.

 

Moraleja:

Hay personas que brillan con luz propia y otras que sólo reflejan la luz de otros.

A las primeras solemos echarlas de nuestras vidas porque suelen ser molestas en algunas ocasiones al decirnos esas cosas que no queremos oír. A los segundos se les suele abrir las puertas de par en par sin darnos cuenta que sólo están en los buenos momentos, durante esas horas en las que todo es risa y diversión.

El problema es que sin las primeras, las segundas terminan perdiendo su luz porque lo único que hacían era reflejarla y con el tiempo…, todo se vuelve oscuridad, frío y soledad.

Por lo tanto…

“Rodéate de personas con luz propia,

Para reflejos…

… ¡Ya están los espejos!”

Perdónenme la absurda rima pero es que no he podido evitarlo, lo siento.

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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