La noche que conocí al Demonio

Eran las tres de la madrugada cuando, harto del ruido y de las luces estridentes de aquel lugar, salí a dar una vuelta por las calles de mi cuidad. La noche tiene algo especial que me atrapa, no consigo entenderlo pero así es. De hecho… puede que me sienta más cómodo en la oscuridad que a la luz de todos, o quien sabe… puede que la luz queme todo aquello que soy.

Aquella noche cambió todo… no sé si realmente sucedió o si fue un sueño en una de mis innumerables noches sin dormir pero fuera lo que fuera, algo sucedió.

Paso tras paso iba deambulando sin rumbo fijo cuando sin darme cuenta tropecé y al levantar la mirada… allí estaba delante de mí esa figura estilizada y oscura tendiéndome la mano y ayudando a levantarme. Esa mano, fría como el hielo, tomó la mía con tal delicadeza que todo mi cuerpo se estremeció y empezó a sentir una paz como nunca había sentido. Ese frío iba traspasando cada una de las células de mi cuerpo hasta quedarme totalmente paralizado. Entonces me miró fijamente a los ojos y me dijo:

— ¿Sabes quién soy?

— No —le contesté.

No consigo saber si era el frío lo que paralizaba realmente mi cuerpo, si era el miedo o si era esa mirada penetrante cuando volvió a preguntar:

— ¿De verdad no sabes quién soy?

— No, lo siento —le volví a contestar— No te conozco. ¿Debería?

Entonces fue cuando me invitó a seguir caminando junto a él. Mis músculos se relajaron y comenzamos a andar en silencio. No había ruidos, ni siquiera se oían los pasos, solo mi agitada respiración.

En un momento dado se paró y preguntó:

— ¿Qué es lo que quieres?

Al principio no entendí la pregunta y tras unos momentos, simplemente le dije:

— Seguir caminando —y seguimos.

Poco a poco íbamos recorriendo esas calles iluminadas por farolas. De vez en cuando nos cruzábamos con alguien y él agachaba la cabeza como si no quisiera que le reconocieran o quien sabe… puede que para que yo hiciera lo mismo y los ignorara. De todas maneras, nadie nos miraba.

Caminamos durante horas o por lo menos eso creí yo hasta que me di cuenta de que andaba solo, fue una sensación muy extraña y turbadora. Aquella noche no había bebido ni me encontraba bajo la influencia de ninguna sustancia que pudiera alterar mi mente y sin embargo allí estaba yo, andando solo en la oscuridad de unas calles vacías y solitarias y así seguí, andando sin rumbo paso tras paso.

Crucé la calle y al llegar al otro lado, una voz alteró el silencio de la noche:

— ¿Te puedo acompañar en tu paseo?

Me di la vuelta y ahí estaba una mujer pálida y delgada.

— ¡Claro! —le dije— pero que sepas que no voy a ningún lugar. Solo ando.

— Perfecto —respondió ella, y empezó a andar junto a mí.

Tras un rato caminando en silencio, preguntó:

— ¿Sabes quién soy?

— No —le contesté, y seguimos caminando.

Ni siquiera recuerdo su rostro pero sí su voz. Una voz suave y delicada que empezó a hablar y a hablar sin parar hasta que en un momento dado paró sin ningún motivo. Al girar la cabeza para saber por qué había parado de hablar me di cuenta de que ya no estaba a mi lado. No sé decir en qué momento desapareció, solo que yo seguí caminando hasta que vi un banco en medio de una plaza y decidí sentarme a descansar un rato. Entonces fue cuando apareció aquel abuelo desaliñado que con voz grave me preguntó:

— ¿Puedo sentarme a su lado, caballero?

— Sí, ¿cómo no? — le contesté.

El abuelo se sentó sin decir nada más durante un rato, asintiendo con la cabeza mientras miraba al cielo hasta que volvió a susurrar:

— Hace años, desde aquí se podían ver las estrellas. Ahora, ya no.

Pasó un rato y me dijo:

— ¿Sabes quién soy?

— No —le contesté, y siguió mirando al cielo.

Una vez que había descansado un poco, me levanté y me despedí del abuelo. Él solo levantó su mano derecha para despedirse de mí y seguí caminando fijándome que tenía razón, no había ni una sola estrella en el firmamento y ni siquiera la luna había salido aquella noche. Tan solo las luces de las farolas y alguna que otra luz en las fachadas alumbraban una noche tan oscura como pocas veces había visto.

Andaba y andaba hasta que me encontré con un niño pequeño en medio de la calle. Me acerqué a él rápido diciendo:

— Pero chaval… ¿qué haces en la calle solo tan de noche?, ¿te has perdido?

El niño clavó sus ojos sobre mí y solo me dijo:

— ¿Sabes quién soy?

— No —le contesté— ¿Pero qué haces tú solo en la calle a estas horas?

— ¿De verdad no sabes quién soy? — volvió a preguntar, y desapareció.

En ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al verme reflejado en el espejo de un escaparate de una tienda y sin darme cuenta me acerqué. Según estaba delante… el reflejo preguntó:

— ¿Sabes quién soy?

— Sí, eres yo —le contesté— ¿cómo puedes hablarme?

El reflejo desapareció del espejo y al rato “algo” me tocó la espalda y una voz dijo:

— ¿Ahora sabes quién soy?

— No puede ser —dije temblando— ¡yo no estoy muerto!

— ¿Quién ha dicho que estés muerto? —preguntó.

— ¿Estoy dormido?

— No lo sé —dijo la voz— ¿todavía no sabes quién soy?

— No, ¿quién eres? —pregunté gritando muy nervioso.

Nadie me contestó y seguí andando muy rápido, mirando hacia todos lados por si alguien me seguía, pero no. Nadie andaba por esas calles vacías y oscuras. Nadie volvió a estar a mi lado mientras caminaba. Sentía miedo y no podía parar de andar.

Miré el reloj y eran las 3:30 de la madrugada. No podía ser. No podían haber pasado tan solo treinta minutos desde que salí de aquel garito para dar una vuelta y no solo eso… seguía estando delante de la puerta de aquel local como si no me hubiese movido de allí. ¿Me estaba volviendo loco?

Cerré los ojos y al instante los abrí y al abrirlos estaba en casa, acostado en mi cama, mirando al techo de mi cuarto en medio de la oscuridad. La puerta cerrada a cal y canto y gente hablando en el salón.

Me levanté y al intentar abrir la puerta, no podía, parecía estar sellada. No conseguía encender la luz, tenía los ojos abiertos como platos pero no había luz. Al otro lado de la puerta se escuchaba la televisión encendida y al pegar la oreja a la puerta, solo conseguí oír:

— ¿Sabes quién soy?

Deprisa volví a la cama y me tapé la cara con las sábanas. Hacía mucho frío en mi cuarto y ahí fue donde le vi en la oscuridad. Estaba a mi lado, sentado a los pies de la cama riéndose de mí.

— ¿Ya sabes quién soy? —preguntó.

— No, ¡no lo sé! —contesté aterrado.

Dieron las 4:00 de la madrugada en el reloj. La luz se encendió como por arte de magia y fue entonces cuando me di cuenta de que la puerta estaba abierta, la tele del salón apagada y de que quien estaba sentado al pie de la cama era yo.

En ese momento fue cuando entendí que nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros temores, nuestros rencores, nuestros odios y todas aquellas cosas que nos angustian son “Nuestros Demonios” y sí… el demonio existe y está en cada uno de nosotros. Aquella noche le conocí y resultó que el Demonio era yo.

“No todos los ojos cerrados duermen…

…ni todos los ojos abiertos ven”

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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1 comentario

AndrewBaltazarCooper

Me encantó, muy buena frase al concluir. La historia me atrapó ya que he pasado por situaciones similares, aunque quisiera hallarle una explicación.

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