Mariposa



Mariposa

Érase una vez una mariposa muy linda, de hecho era la más bella entre todas las mariposas del bosque y ella lo sabía, lo que le hacía mirar al resto con desdén al saberse la más hermosa.

Cada vez que todo el grupo se acercaba al lago a beber, ella se quedaba siempre al final mirando su propio reflejo en las cristalinas aguas sin hacer caso a todos los demás. Muchos fueron los que se acercaban a cortejarla pero ella siempre los rechazaba. No eran dignos de su belleza.

Con el tiempo fueron surgiendo parejitas de enamorados que felices revoloteaban por las flores pero ella seguía sin encontrar aquel que estuviera a la altura de sus exigencias.

Pasaron los años…

La belleza y la juventud también cumplen años y poco a poco la iban abandonando. El reflejo del lago empezó a no ser tan bello y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sola.

Una tarde, mientras todo el grupo cumplía con su rutina de bajar al lago a beber, se fijó en una anciana mariposa que a duras penas conseguía mover sus alas. La anciana estaba rodeada de pequeñas maripositas que revoloteando a su alrededor le iban acercando pequeñas gotitas de agua para que bebiera, lo que le hizo pensar que algún día sería ella la que ya no podría volar. El problema era que no tenía a nadie que la diera de beber.

Se acercó a la anciana y preguntó:

— ¿Qué hay que hacer para no estar sola?

La anciana, mirándola a los ojos le contestó:

— Abrir tu corazón.

— No la entiendo —replicó.

La anciana, entonces dijo:

— Te conozco hace años, es más… te vi nacer, te vi crecer, te vi empezar a volar. La belleza de tus alas deslumbraba a todos pero nadie en todo este tiempo, que yo sepa, ha conseguido ver tu corazón.

— ¿Cómo se puede ver el corazón de alguien? —preguntó.

— Nuestro corazón lo enseñamos con nuestros actos, con nuestra actitud hacia los demás. La verdadera belleza, esa que no envejece está ahí, en el interior. Lo demás es solo fachada. Debes atraerlos a ti por las cosas que haces, no por el colorido de tus alas. Aquel que venga deslumbrado por tu belleza se irá cuando la pierdas. Aquel que venga deslumbrado por tu corazón, se quedará para siempre.

— Ya es tarde para eso —dijo la mariposa agachando la cabeza— yo no sé abrir mi corazón ni quiero hacerlo, me lo podrían dañar.

— Nunca es tarde para abrirse y rectificar —replicó la anciana— Eso sí, hasta que tú no te des cuenta, nadie podrá hacerlo por ti.

La mariposa se marchó pensando cómo podía abrir su corazón para que los demás lo vieran y tras pensar y pensar… no consiguió encontrar la forma de hacerlo.

Pasaron los días y volvió a preguntar a la anciana:

— ¿Cómo puedo abrir mi corazón?

A lo que la anciana esta vez respondió con otra pregunta:

— ¿De verdad nunca has querido a nadie?

— Sí, quise mucho a alguien, pero se fue —dijo suspirando.

— ¿Se fue o le echaste? —volvió a preguntar.

— ¿Por qué dice eso? —preguntó la mariposa con desdén.

— Por cómo lo has dicho —contestó.

— ¡Era un imposible!, nunca habría funcionado.

— ¿Y cómo lo sabes?, ¿acaso lo intentaste? —volvió a preguntar la anciana.

— ¿Para qué?, ya no tiene remedio y además ya no soy tan hermosa.

Siguieron pasando los años… y ahora la anciana era ella. Todos aquellos que habían revoloteado a su lado atraídos por la belleza de sus alas desaparecieron. Ya ninguno de esos “aduladores” le decían lo hermosa que era.

Y entonces fue cuando en un sueño volvió…

— Hola preciosa, ¿te acuerdas de mí? —dijo una voz.

— No, ¿quién eres? —contestó la mariposa.

— Soy aquel que te prometió que siempre te esperaría.

— No puede ser… —dijo temblorosa— él se marchó hace mucho tiempo de mi lado.

— Yo nunca me marché, siempre estuve ahí, dentro de tu corazón, pero tú no me veías porque lo cerraste.

La mariposa no despertó nunca más. En su sueño eterno fue donde consiguió por fin volver a abrir su corazón y fue allí donde encontró aquello que nunca se había ido, aquello que siempre había estado en su interior.

Moraleja:

“Abre tu corazón y dime que ves.

Quién sabe…

…a lo mejor resulta que sigo dentro”.

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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