Siete días



Siete días

Parece mentira, cómo te puede cambiar la vida de un día para otro. Un día estás en casa, tumbado en el sillón, viendo la tele después de comerte una pizza y una bolsa de palomitas con una coca cola y por supuesto… ese cigarrito que tanto te relaja y a las 24 horas te encuentras en la habitación de un hospital, debatiéndote entre la vida y la muerte, o mejor dicho… deseando que el primer diagnóstico que te dieron en urgencias no se cumpla al cien por cien.

Cuando escuchas a un médico decir la palabra “tumor”, el cuerpo se contrae de tal forma que si en ese momento tuvieras que salir corriendo, creo que no podrías mover ni un sólo músculo.

¿Y qué decir cuando la segunda doctora cambia la palabra “tumor” directamente por “cáncer”?

En ese momento te acuerdas de todas las veces que quisiste dejar de fumar, de todas las personas que te han echado una y otra vez la bronca y te han dicho una y mil veces lo que te iba a pasar si seguías fumando y entonces… agachas la cabeza, te humillas ante ellos y lo único que consigues decir es:

— Lo siento.

En un momento dado, después de la enésima prueba, te dicen que tampoco hay que ser tan pesimista. Que puede ser neumonía y es entonces cuando te agarras a esa palabra, la cual si te la dicen antes, en condiciones normales, tanto acojona pero en tu caso es tu tabla de salvación.

— ¡Ojalá sea una Neumonía!

Si hace unos días, tan sólo unos días, alguien me dice que voy a pasar una neumonía ingresado en un hospital y con calmantes las 24 horas del día, no me lo habría creído o me habría echado a temblar. Sin embargo, hasta he llegado a desear que fuera neumonía. La otra alternativa era devastadora.

Cuando te enseñan la radiografía y te dicen:

— Esas manchas en el pulmón no me gustan.

Tú te quedas mirando esa pantalla y piensas:

— ¿De qué manchas me está hablando?

Entonces es cuando te las señalan con el boli en la mano y te las rodean haciendo pequeños círculos alrededor de una imagen en blanco y negro que tú no llegas a entender e inocentemente preguntas:

— Doctor, ¿eso es malo?

El médico te mira como queriendo quitar hierro al asunto y te dice:

— No tiene por qué, pero tenemos que hacer pruebas para descartar que sean tumores.

Para los profanos, el lenguaje médico puede llegar a ser bastante poco entendible y por lo general, por lo menos yo, no consigo entenderles a la primera. A veces ni siquiera a la segunda.

Llega un momento en el que les preguntas:

— ¿Me lo podría explicar usted con otras palabras?, ¿me voy a morir?

Ahí llegan esos segundos en los que si la tensión se pudiera cortar, se harían rebanadas. Él o ella no quieren, ni pueden decir algo que desconocen al cien por cien pero saben que te tienen que dar una respuesta y es entonces cuando te dicen:

— Te vamos a ingresar para hacerte todas las pruebas que sean necesarias y así poder descartar cualquier tipo de patología adversa.

Tú te quedas mirándolos, con cara de haberlo entendido todo, y lo único que se te ocurre es dar las gracias y asentir. Aunque realmente no hayas entendido nada de lo que te han dicho.

Cuando te suben a la habitación y empiezan a ponerte todo tipo de calmantes, tubos e incluso oxígeno es cuando empiezas a ser consciente de que algo realmente no va como debería ir, pero te dejas llevar. Ya no eres dueño de tu cuerpo y haces en todo momento lo que te dicen que has de hacer.

He de decir algo… Mi eterno agradecimiento a todas y cada una de las personas que trabajan en nuestros hospitales. Empezando por los/as médicos y terminando por los bedeles y muy especialmente a todo el personal de enfermería, personas que son unos verdaderos profesionales, que te tratan de una manera increíble y que son como padres y madres para todas aquellas personas que por desgracia tienen que pasar algún tiempo en un hospital. Mi respeto y admiración para tod@s ell@s.

Lo que me lleva a una pregunta…

— ¿Cómo podemos permitirnos el lujo de criticar a nuestro sistema sanitario?

Sinceramente, si yo hubiera tenido que pagar de mi bolsillo todas las pruebas y el tratamiento que me han hecho, no habría podido hacerlo.

Se nos debería caer la cara de vergüenza cada vez que criticamos a nuestra Seguridad Social, a nuestros doctoras y doctores, a nuestras enfermeras y enfermeros y a todo el personal que hace que un hospital funcione.

Entiendo que a todos nos gusta que nos atiendan los primeros, a todos nos gusta tener una habitación para nosotros solos, a todos nos gusta no tener que esperar pero señores y señoras… tenemos un sistema médico que es la envidia del mundo entero y que no podemos permitirnos el lujo de perderlo. Si algún día eso pasara, nos arrepentiríamos el resto de nuestras vidas.

Lo dicho… “Mi respeto y admiración por toda aquellas personas dedicadas a la salud en mi país”.

Hecha esta aclaración, seguimos…

Los días van pasando y cada día que pasa se convierte en la incertidumbre del día siguiente que es cuando te dicen el resultado de las pruebas efectuadas a lo largo de la jornada.

Una jornada que empieza sobre las ocho de la mañana con la visita de una enfermera, que con una sonrisa te dice que viene a sacarte sangre, pero que no te preocupes porque tan solo va a ser un pinchacito o para medirte la tensión, la temperatura y el ritmo cardiaco, darte tu medicación y que todo quede bien apuntado.

Dependiendo de las pruebas que te tengan que hacer, desayunas o no y las horas van pasando lentamente entre la visita de los médicos, los cambios de medicamentos y/o calmantes en vena, algún que otro paseo por esos pasillos llenos de puertas. Esas puertas que cuando pasas al lado de cada una de ellas, sin darte cuenta giras el cuello para ver quien hay dentro de la habitación. Es posible que lo neguéis, pero todos lo hacemos.

Sobre las 13:00h. llega la comida, esa famosa y siempre vilipendiada comida de hospital a la que llegas a coger gusto, no sé si por esas bandejas o por el hambre que tienes, o quien sabe… la abstinencia de fumar que te hace comer todo como si no hubiera un mañana.

Las tardes, por lo general suelen ser más entretenidas, pues es cuando suelen venir las visitas y llega un momento en el que hasta puedes llegar a olvidarte de dónde estás y el por qué estás ahí. En mi caso, siguen las pruebas para descartar la temida palabra.

Cuando llega la noche y te quedas sólo, hay un pequeño momento de angustia que te hace dar vueltas y vueltas a la cabeza pensando si saldrás de esta, si todo al final será una anécdota o si esta visita al centro hospitalario marcará tu vida hasta el final de tus días pero entonces llega la enfermera o enfermero que con una sonrisa, siempre esa sonrisa, te cambian la medicación, te dicen que si les necesitas sólo tienes que llamarles y entonces apagas la luz, o te quedas un rato viendo la tele y termina otra jornada. Si es que los calmantes consiguen que esa noche consigas dormir, eso sí.

La Baja Laboral

Una de las cosas que no consigo entender es el tema de la baja laboral, y me explico…

Tienes tres días para llevarla a tu centro de trabajo. Te dicen que la tiene que hacer tu médico de cabecera con el informe del hospital pero, ¿qué informe?, si estas ingresado.

Entonces te dicen que con el justificante del ingreso, que vayas al médico de cabecera y se lo lleves a ellos. Tú, te sigues preguntando:

— Pero, ¿cómo voy si estoy ingresado?

Entonces te dicen que vaya un familiar tuyo pero, ¿y si no tienes un familiar que pueda hacerlo por ti?

Entonces te dicen que vaya un amigo o conocido tuyo pero, ¿y si no tienes un amigo o conocido que pueda hacerlo por ti?

En fin, tú estás dándole vueltas a la cabeza sin en alguna de esa pruebas sale la palabra “cáncer” y desde tu trabajo te dicen que si no llevas ese dichoso papel al tercer día…, puedes tener problemas, es irónico…

— ¿En qué mundos vivimos?

La conclusión es que no dejamos de ser más que “números”, eso de “personas” ya no está de moda. Todavía estoy esperando que alguien de mi trabajo llame para saber cómo estoy. Eso sí, ya tienen el papel de mi baja laboral. No vaya a ser que pierdan dinero. Total…, trabajadores hay muchos.

Da rabia, pero es así. Hoy en día hemos perdido la humanidad. No sabes si tienes futuro pero tienes que conseguir un papel que diga que aunque te puedes estar muriendo, estás intentando que no sea así y que sientes con todo tu corazón el daño irreparable que le estás causando a tu empresa por el hecho de estar hospitalizado y no poder desarrollar aquello por lo que te pagan. Quien sabe, lo mismo es el castigo implícito por lo malo que estás siendo.

En fin…, daremos las gracias por poder conservarlo.

Las Redes Sociales

Es curioso lo de las redes sociales, te permiten estar en contacto con todo el mundo y que todos puedan hacerte llegar sus ánimos y una pronta recuperación pero lo verdaderamente curioso son aquellas personas que ni por esas preguntan cómo te encuentras. Hay veces en la vida que cualquier palabra de aliento es como un espaldarazo para seguir hacia delante y hay personas a las que echas de menos. A otras no.

Mi agradecimiento a todas las personas que han mandado ánimos y con los que he estado constantemente en contacto, en especial a una persona que aunque se encuentra muy lejos, siempre está y estará a mi lado (esto no es del todo cierto pero yo soy un poco más tonto de lo que siempre he querido creer y me gusta pensar que es así, aunque la realidad sea algo diferente). Ella sabe quién es. ¡Gracias!

A los que ni siquiera habéis preguntado, no os guardo rencor, pensaré que no os habéis enterado, que de hecho, será lo más probable.

El dichoso Tabaco y la Ansiedad

Ansiedad, esa palabra me da miedo.

Según el diccionario, la palabra ansiedad tiene dos acepciones:

  1. Estado mental que se caracteriza por una gran inquietud, una intensa excitación y una extrema inseguridad.
  2. Angustia que acompaña a algunas enfermedades, en especial a ciertas neurosis.

Lo que está claro es que al hospital me ha traído el tabaco y si quiero seguir dando guerra durante algún tiempo, he de dejarlo como sea, cosa que he intentado en varias ocasiones sin éxito.

Ahora me acuerdo de las muchas veces que al ir a mi médico de cabecera le decía:

— Doctora, yo quiero dejar de fumar pero no lo consigo.

A lo que siempre la doctora me respondía…

— Para dejar de fumar, lo único que hace falta es querer dejarlo y fuerza de voluntad.

A lo que yo siempre le contestaba…

— ¡Quiero dejarlo! Pero precisamente es eso lo que me falta…, fuerza de voluntad.

En realidad, siempre era como un diálogo de sordos. Yo, diciendo que quería dejarlo, ella diciendo que todo era fuerza de voluntad y yo respondiendo que no la tenía. Al final, todo terminaba en la calle, en las escaleras del ambulatorio encendiendo un cigarrillo.

Para dejar de fumar, dicen que hay varias formas de hacerlo:

  1. La citada “fuerza de voluntad”, que yo no tengo.
  2. Tratamientos médicos, que son muy caros.
  3. Chicles, parches y demás cosas que venden en las farmacias, acupuntura, hipnosis, etc…
  4. ¡Un susto de cojones!

Yo creo que el número cuatro es el más efectivo aunque eso sí, el más peligroso y por lo general, sin marcha atrás. Pero como siempre digo: “somos seres humanos” y hasta que no le vemos las orejas al lobo, no actuamos. Qué le vamos a hacer, somos así.

Hay situaciones en esta vida que te pueden poner tan al límite que sin darte cuenta encuentras esa “fuerza de voluntad” que no tenías. Claro, que para mí no es fuerza de voluntad, sino “miedo” al darte cuenta de que si no haces lo que te dicen, la próxima vez puede ser la última. Eso sí…, me da mucho miedo la ansiedad.

Cuando tienes ansiedad no puedes pensar, te encuentras nervioso, el tiempo pasa lentamente y parece que todo el mundo está en tu contra. Es un estado muy desagradable y ahí, al otro lado está el tabaco que puede hacerla desaparecer. Toda una tentación.

La cuestión es si vuelves a caer en la tentación o si sigues luchando aunque eso haga que las horas pasen lentas, tu cuerpo sea un amasijo de nervios y para los demás seas un personaje irascible.

En fin, todo sea por recuperar esa “salud” que aunque ya no vuelva al 100%, por lo menos nos de la esperanza de mantenernos en este valle durante algún tiempo más. Cosa que sinceramente, en ocasiones, no sé si es un premio o la consecuencia de mis pecados.

Es curioso, hay veces que deseas que “esa añorada muerte” no sea más que el paso necesario para que tu mente pueda descansar por fin. Que tu cabeza deje de pensar en todas esas cosas que sin querer has hecho mal y que día y noche te atormentan porque no encuentras ninguna explicación del porqué algunas cosas suceden.

Pero cuando llega “ese momento” en el que te dicen que es posible que tu marcha sea realmente para siempre, te entra un escalofrío por todo el cuerpo que es muy difícil, por no decir imposible, explicar. La mente se bloquea e intentas protegerte con uno se esos comentarios que si los pensaras dos veces…, nunca los dirías.

Cuando me dijeron que podía tener cáncer, me quedé mirando al doctor durante un rato y ni corto ni perezoso, simplemente le dije:

— ¡No me puede decir eso, yo no me puedo morir sin ver a mi Atleti campeón de la Champions!

Puede parecer una tontería, pero así fue. La mente no deja de tener su sarcasmo.

Una vez que empiezas a asimilar lo que te han dicho, no dejas de pensar en todas aquellas personas a las que no volverás a ver más y deseas poder hablar con todas ellas para despedirte pero al mismo tiempo te agarras a “esa esperanza” de que todo sea una broma de mal gusto.

Fueron siete días pero… ¡vaya siete días!

Siete días en los que me di cuenta quien está y quién no está.

Siete días que volvieron a generar una promesa que posiblemente nunca se cumplirá, como la inmensa mayoría de las promesas.

Eso sí, se piensa mucho. De esos días posiblemente me quedo con ese sabor agridulce del deseo de vivir a pesar de haber perdido todo. Bueno…, no todo.

Me quedo con esas personas que supieron estar aunque sus reproches me atormenten el resto de la prórroga que la vida me ha concedido.

Me quedo con su silencio, un silencio que no consigo entender y por supuesto…, me quedo con una frase:

“Pensaría muy mal si pensaras que no pienso,

porque pienso mucho, aunque hay veces que me gustaría pensar menos”

 (Soledad Hurtado Cortijo)

Siete días…, el resto es historia.

Nunca busqué nada y seguiré sin buscar. ¿Para qué buscar si ya tenía lo que quería?

Yo simplemente espero, de hecho, es lo que hago día a día. Sigo esperando ese perdón por algo que no sé muy bien cómo pudo pasar. Sigo esperando que su orgullo se duerma.

Lo único que pido es que no sea demasiado tarde…

Sigo esperando…

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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