Fábula

El pájaro que perdió sus alas

El pájaro que perdió sus alas

Érase una vez un pájaro que perdió sus alas. Acostumbrado a volar, a mirar el mundo desde el cielo pensó que la vida se le acababa. Ya no surcaría más las nubes, ya no volaría más entre las copas de los árboles, ya no planearía más sobre las aguas.

Su vida se tornó gris y melancólica sin aquellos que un día fueron sus amigos y su familia en las alturas.

Comenzó a andar y con cada paso que daba se iba dando cuenta de que nunca más volvería a ser el que un día fue, nunca volvería a ser el de antes, ya nunca volvería a deslumbrar con sus hermosas alas a nadie… ya no las tenía.

Pasó el tiempo y siguió andando y andando. Fue conociendo a otros animales que como él, no podían volar. De hecho se dio cuenta de que la mayoría no podía hacerlo y no eran infelices por ello, pero él seguía mirando hacia arriba.

Al principio no entendía nada, todo su mundo había desaparecido y lo que ahora se le abría ante sus ojos era un mundo desconocido. Ahora el sol estaba lejos y la tierra muy cerca. Demasiado cerca en algunos momentos.

Cuando caía el sol y el cielo se tornaba negro, pasaba horas mirando los millones de estrellas de la bóveda celeste. En ocasiones conseguía quedarse dormido y en sus sueños volvía a volar. El problema es que pasaban las horas y con las horas la noche y tras la noche llegaba un nuevo día que lo primero que le recordaba era precisamente eso… que ya no podía volar.

Pasaron años y terminó acostumbrándose a andar y a andar sin descanso. Hoy aquí, mañana quién sabe… Dejó de mirar hacia arriba pero las noches seguían siendo iguales como si de una tortura nocturna se tratara a la que se entregaba con los ojos cerrados.

Un día se encontró en uno de esos caminos con un ser diminuto que resultó ser un hada con la que empezó a hablar de cosas intrascendentes. Ya nunca hablaba de sus sueños, los había dado ya por perdidos hacía mucho tiempo.

En un momento de la conversación, el hada le dijo:

Te concedo un deseo, ¿qué es lo que más quieres?

El pájaro, después de un rato en silencio, simplemente le respondió:

Olvidar.

El hada, sorprendida por la respuesta volvió a preguntarle:

— ¿No quieres unas alas?

— No —contestó el pájaro—Yo solo quiero olvidar

Pero… ¿por qué? —replicó el hada.

El pájaro, tras mirar el inmenso cielo y respirar profundamente, le preguntó al hada:

— ¿Esas alas me harán olvidar la gran decepción de mi vida?, ¿de qué sirven unas alas si aquello con lo que disfrutaba volando ya no está?, ¿para qué quiero volar si mis sueños volaron hace tiempo rumbo al sur y allí se quedaron encerrados?

— Yo solo quiero olvidar. Quiero olvidar a todos aquellos a los que un día quise porque ellos… ya no volverán.

­— ¿De qué sirven las alas? Yo solo quiero olvidar.

El hada le concedió el deseo y olvidó todo y a todos. Incluso llegó a olvidar quien era. Simplemente siguió andando.

Pasó mucho tiempo y en un lejano paraje se encontró con otro pájaro que también había perdido sus alas hace años como él y empezaron a caminar juntos. Ninguno recordaba quien había sido ni de dónde venía. Ninguno conseguía recordar nada de su pasado, solo hablaban del día a día y como mucho del anterior y según iban pasando los días… iban olvidando los anteriores.

Cada amanecer era un mundo nuevo, cada sendero era un camino nuevo, cada despertar una nueva vida y cada anochecer… una nueva muerte.

En un cruce de caminos se volvieron a encontrar con el hada que como hacía años se unió a ellos en su camino a ninguna parte. Tras varios kilómetros, les volvió a decir que les concedía un deseo y les volvió a hacer la misma pregunta a los dos.

— ¿Qué es lo que más queréis?

Los dos pájaros se miraron el uno al otro sin saber qué decir. No entendían nada, no recordaban nada pero algo en su interior hacía que se sintieran muy incómodos ante la presencia del hada y al final uno de los dos dijo:

— Quiero que no vuelvas más. Quiero seguir caminando.

El otro pájaro simplemente asintió mientras el hada les concedía el deseo y se iba para siempre. Ya no tendrían que preocuparse nunca más por su pasado. Solo hoy y mañana. Ayer dejaba de existir tras cada ocaso. Sin recuerdos, sin muletas del pasado, sin todo aquello que les ataba… Por fin libres.

“La ignorancia, muchas veces da esa mal llamada… felicidad”

La paradoja consiste en que todos queremos alas para volar, pero esas alas muchas veces nos hacen hacer cosas de las que nos arrepentimos el resto de nuestra vida.

Ojalá pudiéramos olvidar, ojalá esa hada existiera de verdad. Ojalá pudiéramos caminar día a día como personas libres pero no… Aunque perdamos las alas, nuestra mente se convierte en ese “Pepito Grillo” que constantemente nos echa en cara todo aquello en lo que nos equivocamos.

Algunas personas se revelan y cambian de camino, de compañía. Se acostumbran a cualquier cosa y siguen caminando. Otras simplemente… Esperamos.

Blog, Pensamientos que nunca debieron salir de mi cabeza.

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Mariposa

Mariposa



Mariposa

Érase una vez una mariposa muy linda, de hecho era la más bella entre todas las mariposas del bosque y ella lo sabía, lo que le hacía mirar al resto con desdén al saberse la más hermosa.

Cada vez que todo el grupo se acercaba al lago a beber, ella se quedaba siempre al final mirando su propio reflejo en las cristalinas aguas sin hacer caso a todos los demás. Muchos fueron los que se acercaban a cortejarla pero ella siempre los rechazaba. No eran dignos de su belleza.

Con el tiempo fueron surgiendo parejitas de enamorados que felices revoloteaban por las flores pero ella seguía sin encontrar aquel que estuviera a la altura de sus exigencias.

Pasaron los años…

La belleza y la juventud también cumplen años y poco a poco la iban abandonando. El reflejo del lago empezó a no ser tan bello y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sola.

Una tarde, mientras todo el grupo cumplía con su rutina de bajar al lago a beber, se fijó en una anciana mariposa que a duras penas conseguía mover sus alas. La anciana estaba rodeada de pequeñas maripositas que revoloteando a su alrededor le iban acercando pequeñas gotitas de agua para que bebiera, lo que le hizo pensar que algún día sería ella la que ya no podría volar. El problema era que no tenía a nadie que la diera de beber.

Se acercó a la anciana y preguntó:

— ¿Qué hay que hacer para no estar sola?

La anciana, mirándola a los ojos le contestó:

— Abrir tu corazón.

— No la entiendo —replicó.

La anciana, entonces dijo:

— Te conozco hace años, es más… te vi nacer, te vi crecer, te vi empezar a volar. La belleza de tus alas deslumbraba a todos pero nadie en todo este tiempo, que yo sepa, ha conseguido ver tu corazón.

— ¿Cómo se puede ver el corazón de alguien? —preguntó.

— Nuestro corazón lo enseñamos con nuestros actos, con nuestra actitud hacia los demás. La verdadera belleza, esa que no envejece está ahí, en el interior. Lo demás es solo fachada. Debes atraerlos a ti por las cosas que haces, no por el colorido de tus alas. Aquel que venga deslumbrado por tu belleza se irá cuando la pierdas. Aquel que venga deslumbrado por tu corazón, se quedará para siempre.

— Ya es tarde para eso —dijo la mariposa agachando la cabeza— yo no sé abrir mi corazón ni quiero hacerlo, me lo podrían dañar.

— Nunca es tarde para abrirse y rectificar —replicó la anciana— Eso sí, hasta que tú no te des cuenta, nadie podrá hacerlo por ti.

La mariposa se marchó pensando cómo podía abrir su corazón para que los demás lo vieran y tras pensar y pensar… no consiguió encontrar la forma de hacerlo.

Pasaron los días y volvió a preguntar a la anciana:

— ¿Cómo puedo abrir mi corazón?

A lo que la anciana esta vez respondió con otra pregunta:

— ¿De verdad nunca has querido a nadie?

— Sí, quise mucho a alguien, pero se fue —dijo suspirando.

— ¿Se fue o le echaste? —volvió a preguntar.

— ¿Por qué dice eso? —preguntó la mariposa con desdén.

— Por cómo lo has dicho —contestó.

— ¡Era un imposible!, nunca habría funcionado.

— ¿Y cómo lo sabes?, ¿acaso lo intentaste? —volvió a preguntar la anciana.

— ¿Para qué?, ya no tiene remedio y además ya no soy tan hermosa.

Siguieron pasando los años… y ahora la anciana era ella. Todos aquellos que habían revoloteado a su lado atraídos por la belleza de sus alas desaparecieron. Ya ninguno de esos “aduladores” le decían lo hermosa que era.

Y entonces fue cuando en un sueño volvió…

— Hola preciosa, ¿te acuerdas de mí? —dijo una voz.

— No, ¿quién eres? —contestó la mariposa.

— Soy aquel que te prometió que siempre te esperaría.

— No puede ser… —dijo temblorosa— él se marchó hace mucho tiempo de mi lado.

— Yo nunca me marché, siempre estuve ahí, dentro de tu corazón, pero tú no me veías porque lo cerraste.

La mariposa no despertó nunca más. En su sueño eterno fue donde consiguió por fin volver a abrir su corazón y fue allí donde encontró aquello que nunca se había ido, aquello que siempre había estado en su interior.

Moraleja:

“Abre tu corazón y dime que ves.

Quién sabe…

…a lo mejor resulta que sigo dentro”.

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Alas de Hormiga

Alas de Hormiga



Siempre te esperaré…

Érase una vez dos hormiguitas. Ella, una preciosa hormiga destinada a ser reina y él, una hormiga obrera sin más futuro que trabajar y trabajar.

A pesar de la diferencia de clase social, su amistad fue creciendo por encima de lo que era recomendable dentro de la jerarquía del hormiguero.

Con el paso de los años, esa amistad, para desgracia de muchos, se convirtió en amor. Fueron castigados y separados pero ellos se saltaban los castigos y conseguían estar juntos de vez en cuando, aunque sólo fuera durante unos minutos.

A ella, que tenía que recibir una educación digna de su posición, le asignaron un profesor llamado “Orgullo” que poco a poco se fue encargando de ir separándolos.

Un día, a la princesa hormiga le empezaron a salir alas y sintió la necesidad de volar en busca de su propio hormiguero, dejando a la hormiga obrera sumida en una gran tristeza y sin más explicación que una pocas palabras:

— Tengo que mirar por mi futuro. Lo entiendes, ¿no? —le dijo.

La hormiga obrera, asumiendo su precaria posición le preguntó:

— ¿Volverás algún día?

— No creo, tengo mis obligaciones —le contestó.

La hormiga obrera volvió a preguntar:

— Pero si dejas alguna vez de tenerlas… ¿volverás?, porque ¡yo siempre te esperaré!

— No creo que lo hagas. —le respondió— Conocerás a otra hormiga y te olvidarás de mí.

— Lo haré, ¡siempre te esperaré!, sólo tienes que encender la luz más alta de tu hormiguero y yo iré a buscarte si hace falta, ¿vale?

La hormiguita obrera, como despedida, le dio una botella de cristal con muchas hojas enrolladas dentro diciendo:

— Aquí van mis sueños, ¡llévatelos!

Toda esta conversación la escuchó Orgullo y se juró a sí mismo que nunca permitiría que la futura reina hiciera lo que la obrera le había pedido.

Fueron pasando los años, la princesa se convirtió en reina y vivió agasajada por un ejército de hormigas que siempre estaban pendientes de ella para darle todos sus caprichos pero, algo en su interior no la dejaba ser feliz. El recuerdo de su amor secreto la atormentaba día y noche pero cada vez que intentaba ponerse en contacto con la hormiguita obrera o saber algo de ella, Orgullo se lo impedía.

Los años no pasan en balde, la reina envejeció y llegó un día en el que dejó de tener sus reales obligaciones, pero Orgullo seguía ahí. Era un implacable guardián que la vigilaba día y noche mientras que la hormiga obrera seguía esperando y saliendo cada noche para ver si su amada volvía o si la luz se encendía a lo lejos.

Dejó su trono a una nueva reina. Ya no era tan hermosa, ya no tenía tantos aduladores, ya no tenía un ejército de hormigas pendientes de sus deseos. Ahora volvía a ser lo que fue…, una hormiga normal.

Un día, mientras descansaba, se acordó de la botella de cristal que le había dado su viejo amor prohibido, la hormiga obrera. La buscó muy nerviosa, tanto que cuando la encontró se le resbaló de sus pequeñas manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos, esparciendo todos los sueños por el suelo.

De rodillas, los fue recogiendo uno a uno mientras los iba leyendo. Ella era la protagonista de todos y cada uno de los sueños y habían estado guardados durante años sin saberlo.

Fue entonces cuando decidió que quería volver a verle, siempre y cuando “Orgullo” no se enterara, pues de ser así, sabía que no la dejaría hacerlo a pesar de su avanzada edad.

Esperó a la noche y cuando Orgullo se durmió, agitando sus viejas alas, salió por la ventana rumbo al norte.

Sus alas ya no eran lo que fueron antaño, ya no tenían la fuerza de cuando se fue, pero consiguió llegar antes de que Orgullo despertara, cosa que cuando ocurrió y se dio cuenta de que la hormiga no estaba, montó en cólera y salió de viaje también pues, sabía perfectamente a donde ir.

Cuando llegó, la anciana hormiga preguntó y preguntó a todos por la hormiga obrera pero nadie sabía nada de él, ya no estaba allí y fue en ese preciso momento cuando Orgullo llegó muy enfadado y mirándola fijamente a los ojos le dijo:

—¿Ves?, ¡siempre te he dicho que él ya no estaría cuando volvieras!

— Lo sé, —respondió ella— pero es que he tardado mucho en volver. Es normal que ya no esté. Estará con los suyos.

— No habría estado de todas formas, ¡siempre te lo he dicho y lo sabes! —gritaba Orgullo.

Entonces fue cuando una arañita se acercó con sus ocho patitas y haciendo una reverencia preguntó a la hormiga si era la anterior reina del sur.

— Sí, soy yo, ¿cómo me has reconocido?

— Porque una hormiguita obrera me dijo que algún día volvería la hormiga más hermosa del mundo y que si él ya no estaba, le tenía que dar esta hojita.

—¿Sabes dónde está?, ¿qué fue de él?, ¿es feliz? —preguntaba la hormiga con la voz acelerada.

— No, él ya no está. Se fue al cielo a seguir esperando. Nunca volvió a sonreír. Todos se reían de él porque todas las noches salía del hormiguero y se quedaba mirando al firmamento diciendo que usted volvería y que él debía estar ahí para recibirla por si llegaba cansada. Tome, esto es para usted.

Con las manos temblorosas y los ojos llorosos fue desenrollando la pequeña hoja y empezó a leer.

—¡Sabía que volverías!, si estás leyendo estas letras es que no hubo tiempo. Mira al cielo…

La hormiga, levantando la cabeza, miró al firmamento. Era una noche con un cielo negro lleno de estrellas. Volvió a agachar la cabeza y siguió leyendo…

—¿Me ves?

La hormiga miraba y miraba el estrellado cielo sin saber qué hacer ni en qué punto fijar su mirada y entonces fue cuando una estrella resplandeció de entre todas como si de un nuevo sol se tratara.

—¡Síííí, te veo! —dijo la hormiga mientras bajaba sus ojos para leer la última frase de la pequeña hoja.

La última frase de la hormiga obrera solo decía:

— Te sigo esperando…

Moraleja:

“Que tu orgullo no te impida hacer lo que tu corazón desea”

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Fábula del Búho y la Luna

Fábula del Búho y la Luna



Fábula del Búho y la Luna

Érase una vez un búho que cada noche se posaba en su rama y se quedaba admirando la belleza de la luna.

Noche tras noche salía y al amanecer se volvía a su nido muy enfadado porque el sol le impedía ver a su amada el resto del día.

— Ya está el sol molestando otra vez con sus rayos, ¡le odio! Seguir leyendo →

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